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miércoles, 2 de agosto de 2017

kathe Martínez y las violencias que dejamos pasar.

Kathe Martínez, recientemente conocida por medio de un video que circula en las redes sociales en donde se registra un hecho ocurrido en una estación de Policía de la ciudad de Cali, es una víctima de violencia de género.

La información y el registro de los hechos en el video dan cuenta sobre traslado de Kathe Martínez a la estación de Policía producto de un procedimiento nocturno, y quien se encontraba, tal como se puede deducir igualmente en el video, en un elevado estado de alicoramiento.

Allí, en presencia de la autoridad que asume posición de garante, al menos en el deber ser, es incitada a quitarse la ropa y bailar mientras está esposada a una ventana, para disfrute de los agentes del orden y otros hombres que se encontraban retenidos en el lugar y quienes acompañaban con gritos y expresiones cada acción de la mujer.

La escena ya en esencia degradante, para lo cual me tomaré las siguientes líneas, fue luego justificada por el supuesto “oficio” de Kathe Martínez a partir otro video en el que se encuentra bailando con poca ropa al interior de un establecimiento nocturno, y que por lo tanto esto no es más que un intento por llamar la atención y lograr fama, incluso para favorecer el mencionado “oficio”.

No es el objetivo de esta entrada abordar el debate sobre si las actividades de contenido sexual a cambio de dinero son o no consideradas un trabajo, lo que actualmente se encuentra en pleno debate entre abolicionistas y reglamentaristas a raíz de una serie de fallos de altas Cortes. Lo que pretendo  plantear es por qué este acto ocurrido en una estación de Policía constituye una violencia basada en género.

Para el fin propuesto me fundamento en la revisión de algunos factores  que procedo de manera sencilla a plantear a continuación, y que solamente buscan exponer la forma en que hemos normalizado la violencia contra la mujer, al punto de justificarla, ignorando elementos contundentes en hechos como el que motiva estas palabras.

Lo primero a lo que quiero hacer mención, y que se debe leer de manera transversal a los demás factores, es el hecho de ocurrir con ocasión y en el contexto de una cosificación del cuerpo de la mujer para el goce y diversión de un grupo de hombres. Esto no dirá mucho para quienes aún encuentran el hecho justificado y sin importancia, y por ello procedo a presentar los otros elementos que encuentro relevantes.

1. El estado de alicoramiento. Se trató de una persona, en este caso mujer, que se encontraba con la alteración de sus sentidos producto del consumo de licor en esa noche. Alteración que podría nublar la autonomía, esta última entendida como un derecho garantía consistente en la capacidad de reflexionar sobre los actos y tener la garantía de exteriorizar las decisiones, y por lo tanto configurando el abuso de una condición de vulnerabilidad por parte de quienes incitaron los hechos bajo discusión.

2. Abuso de poder. No solamente los hechos ocurrieron en un entorno dominado por hombres (policías y detenidos), sino que además se trataba de un espacio dominado por hombres con figura de poder y autoridad, los cuales además de estar armados, por su naturaleza misma se encuentran frente a civiles en una relación inequitativa de poder en desventaja de éstos últimos.

3. El uso de la fuerza/violencia. La violencia y la fuerza se configuran por el hecho de encontrarse esposada a una reja limitando la movilidad que en lectura conjunta con los demás elementos se entiende como una coacción para lograr un cometido dentro del contexto y la situación aquí referida.

En este sentido, se está frente a una situación en la que se obtuvo provecho de una situación de vulnerabilidad producto del alicoramiento de la mujer,  por quienes se encontraban en relación de poder y autoridad de ésta y ejerciendo una coacción materializada a través de unas esposas que la tuvieron en condición de sumisión, a fin de lograr un espectáculo basado en la cosificación del cuerpo femenino destinado a conseguir placer de hombres, desconociendo precisamente el deber de protección y garantía de derechos, especialmente de quienes se encuentran en condición de vulnerabilidad.


Será competencia de las autoridades determinar las responsabilidades penales y disciplinarias por estos hechos si a bien lo tienen, pero desde una perspectiva ética y hasta política, no podemos desconocer que con estos elementos los hechos descritos permiten concluir que fue un acto de agresión a la dignidad y una violencia basada en género el cual demanda de la sociedad el mayor rechazo y no ser minimizado. De hacerlo, seguiremos perpetuando la violencia basada en género en sus formas más atroces, en el mismo discurso que sigue sin condenar la trata de personas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

¿Es el machismo exclusivo de los hombres?



Es un lugar común  al momento de hablar de machismo y comportamientos patriarcales señalar al hombre como el exclusivo responsable de crear y perpetuar esos entornos de violencias incluso simbólicas, y que no es para menos teniendo en cuenta que hasta el derecho, por tomar a la escuela feminista escandinava, es producto de los hombres, pero tampoco es menos cierto que las mujeres han jugado un papel  en la consolidación de esos entornos simbólicos y reales de exclusión, sumisión y violencia.

Antes de desatar las críticas de quienes puedan considerar este texto como una expresión machista o violenta, permítame el lector y lectora terminar de plantear el sentido de lo que quiero proponer como la mujer machista.

Hace unos días en una conversación sin mayores pretensiones, una de las participantes manifestaba, y cito “es muy humillante para un hombre que una mujer le gane.  A mí me daría pena”. En ese momento no quería entrar en controversias, pero su expresión me quedó rondando en el pensamiento, y recordé  frases de mi infancia como “¿Se va a dejar de una niña?” “Los hombres en la cocina huelen feo”, “eso es trabajo de hombres”, todas pronunciadas por  mujeres en distintos espacios.

Esto me llevó de inmediato  a un par de conclusiones. De entrada, así como hemos señalado a hombres como autores y responsables de comportamientos y entornos machistas y violentos, las mujeres han replicado esos mismos entornos de una manera inconsciente. Por otro lado, las mujeres han normalizado a tal nivel la jerarquía inferior frente al hombre, que involuntariamente en expresiones como las citadas reiteran la creencia de debilidad y feminidad devaluada, que transmiten a los hombres y mujeres en formación que están en su entorno. Es decir, juegan un rol de multiplicadoras de la inferioridad femenina.

Esto tiene una explicación, y en efecto como en una columna anterior lo había manifestado, el derecho, la ciencia y la cultura entre otros, han sido producto de la dominación de un sujeto hegemónico que se ha encargado de naturalizar un discurso de jerarquías, y que indiscutiblemente la mujer ha interiorizado ese discurso por imposición y se ha adaptado a tal punto a ese entorno, que encuentra como normal ese tipo de expresiones.

La ciencia, dominada por hombres, indicaba que ciertos deportes, oficios o trabajos eran para hombres debido a la contextura del cuerpo, a las dimensiones del cráneo y cerebro. Socialmente se aceptaron distribuciones de roles en donde la mujer era confinada al espacio privado (casa, cocina, lavandería), mientras el hombre dominaba la esfera de lo público (el derecho, la política, la ciencia) y asumía su función de proveedor. Recuerdo que alguna vez mi mamá me mencionada que en el colegio de señoritas se impartía la cátedra de economía del hogar, responsabilizando exclusivamente a la mujer de ese entorno privado, mientras la economía nacional estaba a cargo del gran hombre.


Hoy en día es cierto que nos encontramos ante una realidad un tanto distinta. Los deportes, la ciencia y muchos otros espacios vedados para la mujer, hoy se comparten y se han reivindicado espacios para ambos. Las decisiones del hogar en muchos escenarios se manejan paritariamente, y hoy incluso algunos movimientos reivindican al hombre como un sujeto que puede desarrollar otros roles que antes eran reservados a las mujeres. El derecho, por tomar en cuenta al feminismo liberal y cultural, ha entendido que la importancia de jugar ese papel emancipador en rechazo de una neutralidad jurídica. Este avance no es desconocido.

La reflexión a la que me ha llevado el suceso compartido, es en cuanto al proceso continuo de emancipación y de ruptura de dinámicas de inferiorización el cual debe ser transversal e integral incluyendo a la mujer en su ejercicio diario de relación interpersonal. La ruptura de ese simbolismo de inferioridad será lento mientras la mujer no asuma que su comparación al hombre no debe significar una humillación a este, mientras mantenga la “reserva” de espacios domésticos como propios por su rol en el hogar, y mientras no reivindique que la feminidad no debe ser devaluada, y que la masculinidad no debe ser  sobrevalorada.

Romper la violencia real y simbólica en contra de la mujer no es labor exclusiva de feministas, sino por el contrario un ejercicio que desde el mismo discurso y la ruptura de esas dinámicas subvalorativas, pueden realizar las mujeres sin siquiera considerarse feministas, sino mujeres en equidad que rompan con ese orden que han considerado natural por imposición.

En el marco de este 25 de noviembre, precisamente las hermanas Miraval pasaron a la historia por luchas contra un régimen represivo y por defender a hombres perseguidos políticamente. Para ellos y para ellas no fue motivo de humillación ver a la mujer asumiendo una lucha considerada de hombres. Para conmemorar este 25 renunciemos al machismo, incluso a ese que ha considerado la mujer como orden natural por la imposición de esa visión de superioridad del hombre, y que esa imposición genera la réplica involuntaria del imaginario de inferioridad.

domingo, 8 de noviembre de 2015

SUJETO HEGEMÓNICO, MINORÍAS Y REFERÉNDUMS: La impertinencia de acudir siempre a las mayorías



SUJETO HEGEMÓNICO, MINORÍAS Y REFERÉNDUMS: La impertinencia de acudir siempre a las mayorías


Como sociedad occidental hemos sido formados bajo el imaginario de un paradigma impuesto a través de instituciones dirigidas por un sujeto hegemónico, encargado de determinar las relaciones y procedimientos para regular las conductas. Ese paradigma se puede resumir en el ideario del hombre blanco, católico, heterosexual y con patrimonio, que ha normalizado jerarquías e invisibilizado realidades e identidades ajenas al mismo.

Instituciones como la Iglesia, que se encargó de “salvajizar” a las comunidades tribales, deshumanizar a las afro, y cosificar a la mujer, sirven como ejemplo de ese proceso de hegemonía que se naturalizó, a tal punto que el derecho fue un instrumento para perpetuar ese ideario y el discurso de lo convencional, precisamente apelando a la función del legislador como representante e intérprete de la voluntad de las mayorías, creando así el mito del legislador sabio e infalible.

En ese sentido, el Estado democrático basado en la voluntad de las mayorías tomaba las decisiones mediante ese legislador, luego en algunos casos apelando al voto directo mediante mecanismos como referéndums y plebiscitos que reflejaban esa voluntad inequívoca de la mayoría, pero reflejaba a su vez al sujeto hegemónico que se había impuesto.

Este modelo con el tiempo empezó a evidenciar una aberración en contra de esas minorías invisibles y consideradas incompatibles con el ideario impuesto, y la democracia se transformó en una dictadura de mayorías, en perjuicio de sujetos e identidades minoritarios. Basta recordar al lector que la Alemania Nazi fue legal, precisamente por voluntad de la mayoría legislativa, y en el caso colombiano hace un poco más de medio siglo, cuando el movimiento de empoderamiento femenino buscó la emancipación de la mujer a la sujeción que tenía su cónyuge sobre ellas conforme  a derecho, la Iglesia logró detener el proceso, y nuevamente el derecho mantuvo un statu quo al servicio del sujeto hegemónico.

Ante este riesgo se creó un modelo de democracia constitucional, que seguía basada en un órgano legislativo que representara las mayorías, pero que evitaría su tiranía mediante órganos contramayoritarios técnicos y colegiados que reconocieran realidades e identidades que precisamente chocaran con el sujeto hegemónico que había dominado (y aún domina) la institucionalidad, y garantizara de esta forma otras identidades, y reconociera otras realidades.

Todavía tenemos en nuestra sociedad ese ideario de hombre blanco, católico, heterosexual y con patrimonio que trata de servirse de instituciones para no perder la hegemonía. Aún las mayorías pretenden perpetuar ese ideario por temor, rechazo o desconocimiento.

Es por esto que resulta impertinente acudir siempre a las mayorías y a mecanismos de democracia directa para ciertos temas, especialmente libertades y garantías fundamentales y con mayor razón aquellas que involucran a minorías[1] (étnica, sexuales) y sujetos de especial protección por su evidente vulnerabilidad (niños, niñas, adolescentes, adultos mayores), quienes históricamente fueron invisibilizados y no reconocidos, y que precisamente ese ideario todavía latente en la sociedad y en las mayorías, los llevaría a una nueva invisibilidad.

Deberían hoy mujeres, hombres de diversos credos, miembros de partidos no tradicionales, detenerse un minuto a pensar qué habría sido de su realidad actual, si esos derechos que hoy gozan reconocidos en la Constitución como resultado de ejercicios deliberativos e interpretativos (en aproximación a Dworkin y Zagrebelsky), hubieran sido sometidos a la voluntad caprichosa de la mayoría dominada por el ideario del hombre blanco, católico, heterosexual y con patrimonio. Senadora Vivian, ¿estaría usted en el Congreso o disfrutando de la libertad de cultos?


[1] El término minoría debe entenderse no desde lo cuantitativo, sino desde lo histórico, como sujetos diversos al ideario del sujeto dominante y hegemónico.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una sociedad complaciente con los victimarios ¿a qué está jugando?




Mujeres víctimas y victimarios. Más allá de un simple juego.

Las recientes declaraciones del señor Andrés Jaramillo, a raíz de los repudiables hechos de conocimiento público, entre las que cito: "Una niña que llega (al establecimiento) con un sobretodo y debajo una minifalda, ¿a qué está jugando?, y después para exculpar pecados diga que la violaron", han generado una serie de comentarios y reacciones en las redes sociales y medios de comunicación, tanto en rechazo como en justificación de las mismas, y como defensor de derechos humanos, me uno a las primeras.

En Colombia la lucha para prevenir, investigar y sancionar las violencias contra la mujer, mediante la expedición de herramientas legislativas con el objetivo de enfrentar la histórica discriminación y actos de vulneración que contra ellas se ha ejercido dentro de contextos de machismo y estructuras patriarcales es realmente reciente.

El primer avance en el tema se presenta con la Ley 51 de 1981, que ratificó la convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer, pero que no significó un avance significativo o de fondo, especialmente para sancionar conductas punibles que violentaran a la mujer, especialmente en materia de delitos sexuales, pues el Código Penal de 1980 extinguía la acción penal en los casos de acceso carnal violento siempre que el agresor contrajera matrimonio con la víctima. Si se mira desde un enfoque de género, la medida constituía una revictimización de la mujer y evidentemente carecía de cualquier criterio diferencial para el tratamiento de estos hechos, pues eran considerados delitos contra el pudor.

Los verdaderos avances se pueden referir a la ratificación de la Convención para le Eliminación de la violencia contra la mujer, llamada Convención de Belem Do Pará, adoptada mediante la ley 248 de 1995, que conlleva entre otras, a   la reforma penal de 1997 en materia de delitos sexuales donde el eje de protección o bien jurídico tutelado sería la dignidad humana incluyendo un incremento de la pena para estos delitos en un máximo de 20 años, y además elimina la causal de extinción de la acción penal mencionada anteriormente. Desafortunadamente las penas son rebajadas con la ley 599 de 2000.

En el año 2008 se expide la ley 1257 con un contenido dirigido a crear responsabilidades tripartitas entre la familia, el Estado y la sociedad, y un trabajo interinstitucional entre las entidades estatales que deban responder ante los casos de mujeres violentadas, en cualquiera de sus formas, de forma que se garantice la prevención, la investigación y sanción, y el restablecimiento de los derechos de las mujeres.

A pesar de estos avances o esfuerzos legislativos, la respuesta estatal todavía es débil frente a los casos de violencias contra la mujer. Las entidades carecen de capacidad estructural y algunos funcionarios, encargados de la atención de víctimas, siguen sin una perspectiva de género o enfoque diferencial. He conocido casos donde las autoridades han devuelto a la mujer denunciante para “que se arregle con su pareja”, es decir, lo perdone y siga recibiendo golpes.

De igual forma, casos presentados donde las autoridades, ante casos de violación o delitos sexuales, pretenden reprender a la víctima con frases como “de esto que aprendió?”, volviendo a la revictimización y reforzando el estereotipo de “algo habrá hecho” o “ella se lo buscó” impiden realmente la efectividad y operatividad de leyes como la 1257.

Pero si se mira, tal vez con hilo delgado, total es un blog personal, el Estado y sus funcionarios resultan un reflejo de la sociedad y sus visiones. Un funcionario que rinda este tipo de respuestas, es un ciudadano que piensa igual, es decir, la sociedad sigue justificando las violencias sexuales y de cualquier tipo contra las mujeres.

Un ejemplo de esto es precisamente la afirmación citada del señor Jaramillo, en la que de cierta forma  responsabiliza a la mujer por ser víctima de violencia sexual debido a  su forma de vestir, o por su permanencia en una discoteca, sin reprochar realmente a su victimario.

La libertad, para ambos géneros, implica que la mujer no sea sancionada ni violentada por las decisiones que libremente ha elegido, incluso el qué ropa usar. Salvo visiones patriarcales y machistas que someten y cosifican a la mujer, nadie podría avalar ese tipo de afirmaciones, desafortunadas ante todo, pues se reprocha a la mujer ser víctima, cuando la sociedad es quien la ha victimizado.

Señor Andrés Jaramillo, la mujer víctima de delitos sexuales no es la responsable, pues es la víctima, no está jugando. Quien es el responsable es el victimario, y no sólo el, sino una sociedad complaciente que justifique al victimario. Esta sociedad, señor Jaramillo, también es un victimario. La pregunta sería, esta sociedad ¿a qué está jugando?