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martes, 26 de abril de 2016

Cultos, política y Bacrim. Ni los mismos ni tan diferentes.

Hablar de partidos políticos en Colombia en el sentido estricto de la palabra, resulta un fuera de lugar. Colombia se caracterizado por la dinámica de bandos electorales carentes de coherencia y disciplina interna, alejados de los intereses de sus bases y apegados a las coyunturas y conveniencias particulares.

Adicionalmente a esto, desde hace un poco más de dos décadas se ha acrecentado un fenómeno en donde las agrupaciones con fines políticos se asemejan a un culto esquizofrénico a cargo de un líder carismático en el que sus miembros son objeto de manipulación tras repetir mentiras sin cansancio alguno, señalar una superioridad  segregando a quienes no encajan en esa percepción de supremacía, causando en casos extremos incluso el asesinato y desaparición de quienes no deciden seguir el culto o son un obstáculo para la meta del poder absoluto.

Adicional a la mentira como estrategia de manipulación, en ciertas ocasiones aquellos cultos liderados por los señores de la política terrateniente, han recurrido a la conformación de estructuras armadas que siguen los señalamientos públicos de quienes ostentan cargos de mando al interior de los cultos como órdenes directas, y han logrado dominar escenarios de la vida política y económica basando su dominación en esos grupos armados más caracterizados como paramilitares.

En efecto, Colombia presenciaba hace unos años el aparente desmonte del paramilitarismo, pero recientemente hemos visto un mal llamado resurgir de sus estructuras, con tomas armadas y dirigidos ideológicamente por líderes políticos y económicos;  digo mal llamado resurgir, pues parece un misterio sí se esperaban en silencio, replanteando la estrategia, diseñando las mentiras y ubicando sus más oscuros alfiles en el poder, para nuevamente movilizar las pasiones nacionales en aras de obstruir un consenso y mantener la polarización.

Hoy vemos a cierto culto mantener sus esfuerzos en repetir mentiras hasta convertirlas en verdad, se simulan como perseguidos políticos por su incapacidad de construir desde el debate, pues enfrentar un debate implicaría desenmascarar la inmundicia que los rodeaba mientras ostentaban el poder legal y desmontar las mentiras que fundamentan su culto. Deslegitiman las instituciones, especialmente a la justicia cuando cumple su deber en contra de alguno de sus miembros, y lideran escenarios en el que el campesinado despojado  por las estructuras paramilitares es señalado como victimario.

Ahora las estructuras armadas detrás de este culto son llamadas Bacrim, y en efecto han tenido una mayor actividad destinada a las rentas del crimen organizado que como aparato represor del Estado, finalidad resumida del proyecto paramilitar.  Cuentan con cierta independencia frente a quienes eran sus dirigentes ideológicos en la otrora era del paramilitarismo, pero siguen respondiendo a una dinámica de exterminio cohonestada por actores políticos que se siguen sirviendo de ellos, y manejando por la vía pública un discurso para sostener su culto basado en el peligrosismo y la securitización nacional.

Las llamadas Bandas Criminales, como forma de denominar a la mutación paramilitar, posee control territorial para el ejercicio del crimen organizado como fuente de ingreso, motivo por el cual para efectos electorales y latifundistas se siguen nutriendo mutuamente con actores políticos y económicos, paralizando el Estado y llenando las urnas so pena de muerte.


El peligro de los cultos que aspiran al poder político  rondan nuestras insípidas democracias, y si bien no en todos los casos recurren a estrategias armadas, si tienden a la violencia, la exclusión y polarización extrema.

miércoles, 20 de enero de 2016

Ni pujantes ni con aguante. Aletargados



Los colombianos en promedio hemos crecido con la idea de que nuestra idiosincrasia es de un pueblo con aguante, aguerrido y pujante. Que en nuestras venas corre sangre de guerreros, y que durante años a pesar de las adversidades aún seguimos acá, como un intento de nación a pesar de sí misma, con talento, orgullos patrios y de exportación; que somos la democracia más antigua de América Latina, y nuestra capital fue otrora la Grecia de la región.

Lamento decirle al lector que todo eso ha sido un engaño. Hemos sido un pueblo manipulado y que ha sido engañado con ese discurso del empuje, el aguante y el orgullo patrio para mantener una idea colectiva que no existe, o tal si existe pero bajo un engaño.

Un pueblo que aguanta que sus indígenas mueran de desnutrición, que el sistema de salud sea manejado por mercaderes, que un cuerpo quede expuesto en la vía pública por 6 horas sin respuesta de las autoridades, y que día a día presencia como se roban sus recursos, a veces siendo parte de ese mismo proceso de desangramiento nacional, no tiene nada de aguante ni pujante.

Somos un pueblo que ha normalizado durante años la violencia, la corrupción, la injusticia, el abuso de poder, con una alta tolerancia social al delito, y que al final nos convierte en un pueblo indolente y que reposa en un letargo del que parece que nunca va a despertar.

Somos producto de un discurso estratégico proveniente del establecimiento que se caracteriza por el contubernio entre empresas, medios de comunicación y política, y que solamente nos han vendido falsos ídolos de exportación para mantener nuestra mente en otro escenario.

Nuestros frívolos intentos por un cambio quedan en un lodazal entre represión estatal, falta de liderazgo y satanización del establecimiento al querer significar cualquier movimiento social con delincuentes, desadaptados y enemigos públicos, cuando solamente son una amenaza para ese establecimiento.

Hoy es mayor la indignación en ese falso mundo de las redes sociales por banalidades como una corona o que un jugador colombiano no es titular en el extranjero, que las condiciones deplorables en que nos tienen, y que nos han dejado inermes ante tanto abuso.

Hemos sido convencidos, y ahora parecemos cómplices, de un empuje y un aguante que solamente oculta la dominación histórica, el abuso y corrupción de una clase política ramplona, violenta y a la que parecemos deberle algo que no tenemos, pero que nos mantiene en esa idea de ídolos de barro, y de un orgullo patrio, que por cierto es usado para exacerbar sentimientos de odio, revanchismo y para enarbolar las peores intenciones, como la historia lo ha demostrado.

Dejemos ese discurso desechable de pueblo con aguante y pujante, que ese título solamente nos lo dará la historia cuando seamos capaces promover un cambio real, lejos de la dominación producto del mencionado contubernio. Un pueblo pujante ya habría exigido más allá de trinos un resultado por los indígenas, los niños, las mujeres, los homosexuales, y todos aquellos que disfrutan en la democracia más antigua de América Latina la exclusión, la violencia y la injusticia, como tal vez el propio lector sea objeto, pero se sienta pujante y aguerrido mientras se indigna tal vez por mis palabras o una corona.

lunes, 26 de mayo de 2014

ELECCIONES, URIBISMO Y MENTIRAS:



 ELECCIONES, URIBISMO Y MENTIRAS: Mis apreciaciones sobre la primera vuelta.

Después de pasar un domingo entre boletines y discusiones políticas, he decidido un poco con cabeza fría organizar algunas consideraciones en torno a las elecciones del día de ayer.

En primer lugar, el triunfo del uribismo en esta primera vuelta tiene bastante de donde cortar. Es claro que para muchos fue una sorpresa que el candidato con la ejecución del gasto – el presidente Santos – no obtuviera el primer lugar en las elecciones, sorpresa si se quiere por el temor que había sobre la mermelada repartida con fines electorales; en su lugar ese primer puesto fuera obtenido por una maquinaria que hasta hace 1 mes estaba opacada en las encuestas y rápidamente repuntó arrojando como resultado ese primer lugar.

A pesar de eso, si se tiene en cuenta el porcentaje de abstencionismo, ese triunfo del uribismo se logró con apenas un poco más del 10% de toda la población apta para votar, y en una mirada histórica, ha sido la más baja del uribismo teniendo en cuenta que el expresidente Uribe no necesitó de segundas vueltas, y el candidato Santos que enarbolaba las banderas del uribismo pasó hace 4 años con más votos que Zuluaga ayer.

En segundo lugar, el triunfo del uribismo se debe en gran parte a las mentiras con que ha querido manejar a la opinión pública. Esta campaña entre el uribismo y el santismo, de más vergonzosa, ha estado acompañada por una desinformación del electorado sobre algunos aspectos que lo inclinaron a desconocer los logros de Santos, e incluso la importancia de un proceso de paz. Resalto entre ellas la afirmación de que las FARC son el mayor cartel del mundo, cuando realmente lo es el de Sinaloa, mientras en Colombia el primer lugar lo ocupan los Urabeños; otra que llama la atención es denominarlo un presidente castro chavista (que de entrada denota que no se aprobó ni siquiera la asignatura de economía del hogar) frente a sus políticas neoliberales pero han dejado cifras macroeconómicas mejores que las de Uribe, o las falsedades sobre el proceso de paz de la Habana, que sin lugar a dudas es lo mejor que le podría pasar a Colombia luego de una guerra fratricida de más de 50 años.

En tercer lugar, el triunfo del uribismo es parcial, pues todavía resta el denominado segundo tiempo de estas elecciones que se jugará el 15 de junio. Para la segunda vuelta se medirán realmente las fuerzas y será a partir de las alianzas y adhesiones que se defina el rumbo. Esto permite que existan 2 escenarios, especialmente con los Verdes y el Polo: Una alianza formal con las cabezas de los partidos, lo que no garantiza la movilización de votos necesariamente; o por otro lado, dejar a sus electores en libertad de voto, con el objetivo de no perder la posibilidad de una posición independiente ante un eventual triunfo de cualquiera de los 2.

Sobre los azules no hay duda que rumbo tomarán, del Polo, que no sobra decirlo, hay un sabor de campaña limpia y decente encabezada por Clara López que merece admiración, deberá dejar el purismo para impedir el regreso del uribismo a la Casa de Nariño.

En cuanto a Peñalosa, su situación es más crítica. El partido Verde, hoy Alianza, que surgió como una tercería respetable y que ventiló la política tradicional, prácticamente se encuentra en medio de una arena movediza. Enrique Peñalosa pasó casi inadvertido en esta campaña, solamente se veía a su jefe de debate, la Senadora López, quien tal vez por afanes electorales, cometió una serie de yerros propios de cualquier político de maquinaria que no nos esperábamos de ella, y que hoy lo tendrían impedido éticamente para adherirse a cualquiera de los 2 candidatos, pero la política es dinámica, y ya el mismo Peñalosa lo ha demostrado en menos de 4 años.

Finalmente, sobre el abstencionismo, que es lamentable, si es necesario tenerlo en cuenta para la lectura de los resultados. Una Colombia apática, incrédula y en un nivel de letargo y adormecimiento sobre lo que pase con el destino político del Estado (llamado de atención para los verdes que iban a revitalizar la participación política). Las cifras de ayer no dejan sino ver que quien gobierne con ese número, deberá legitimar su acción política en un país que no valora la democracia ni sus instituciones, escenario propicio para los caudillismos y la corrupción.

Lo cierto es que, a nivel personal, sin ser santista, todas las fuerzas sociales y políticas que queremos terminar la guerra, que no comulgamos con el desmonte del Estado de derecho causado por el uribismo, que creemos en la posibilidad de recuperar las instituciones por encima de los hombres y los personalismos, y que toda la pestilente ilegalidad de rodea al uribismo nos asquea, debemos dejar a un lado el purismo anti santista y este 15 de junio impedir que regrese la guerra sin fin como lógica y rumbo nacional, que la ilegalidad se apodere de las instituciones, y las libertades se desplacen por la represión y persecución.

Yo votaré por Santos, porque no creo en el uribismo ni en su lógica de guerra e ilegalidad.